“Lanzarse a hacer algo que implica riesgo” es una de las definiciones de confianza.
La primera edición de Bioàgora se ha celebrado con el objetivo de generar confianza entre el mundo científico y el mundo inversor y empresarial. Convertir una idea científica en una realidad empresarial comporta riesgo para ambas partes y necesita de la gestión de la incertidumbre y de la confianza de los actores implicados.
En un contexto más amplio vemos que una economía basada en el conocimiento, donde el cambio tecnológico y la innovación son motores que hacen posible la expansión de la actividad económica, la confianza entre los diferentes actores es una pieza clave.
El concepto de economía basada en la confianza se recupera en el contexto de los biocluster. Este sistema de organización se caracteriza, entre otros, por la existencia de una visión compartida y estable a largo plazo, por la creación de redes sociales que interrelacionan empresarios, científicos y financieros y por la colaboración de capital público y privado.
Actualmente, el sector biotecnológico muestra un gran dinamismo, pero las cifras de inversión todavía son muy reducidas. En Estados Unidos y el Reino Unido, el capital riesgo ha jugado un papel primordial en el sector biotecnológico, sufragando más del 40% de las inversiones totales. En España, este porcentaje no llega ni al 2 por ciento.
Es necesario hacer asequible la ciencia a los inversores, acercar los dos lenguajes. Porque literalmente existen muchos resultados de investigación y muchas ideas científicas, susceptibles de convertirse en una oportunidad de negocio, que se quedan en el cajón.
Hoy, en la sociedad del conocimiento, cuyo principal reto es la gestión de la incertidumbre, no se debe tener miedo al fracaso ni miedo a equivocarse. El fracaso de un proyecto no significa el fracaso personal. Todo esfuerzo dirigido al aprovechamiento del conocimiento de forma sistemática y efectiva es una apuesta de futuro para cualquier sociedad.
Europa tiene una gran capacidad de generación de conocimiento, siendo la responsable de un tercio de la producción científica mundial. Pero todavía tenemos que aprender a canalizar este conocimiento a fin de llevar las ideas desde el laboratorio hasta su aplicación comercial. Hemos de establecer puentes entre la universidad y la empresa y crear una consolidada red de capital riesgo que invierta en nuevos proyectos.
Fomentar la cultura del riesgo y generar confianza, unos ingredientes básicos para la economía en general y para las inversiones en particular, debe ser nuestro horizonte. O, parafraseando al ministro de Educación, Ángel Gabilondo: “Aunque en el horizonte no podemos quedar para merendar y aunque muchos se preguntan para qué sirve, yo les digo que para algo fundamental: caminar”.




